sábado, 4 de junio de 2016

GONZALO ABAD BOJAS capitán mercante








Es importante conocer a un personaje ilustre que vivió sus últimos años en el pueblo de Astillero, como es GONZALO ABAD BOJAS.


Del libro Capitanes de Cantabria, de Rafael González Echegaray, editado por la Diputación de Cantabria, en 1970.

Al año de la puesta en servicio de EL GALLO se produjo en Santander la catástrofe del Cabo Machichaco, GONZALO ABAD perdió su casa y su ajuar en la hoguera enorme de la calle de Méndez Núñez. Se traslado a su nuevo hogar en Astillero en la calle de Fernández Hontoria, junto al estanco de Monar.

En los comienzos del mes de abril del año 1895, El Gallo, largaba amarras y dejaba la ría de San José; su capitán hizo sonar el silbo despidiéndose de los suyos. El invierno se prolongaba y no terminaban aquel años las borrascas atlánticas. Desde la Estaca, el diminuto petrolero montañés fue un juguete de los mares que lo azotaban sin piedad.

En aquellos días, terminada la accidentada visita a la Corte de la Embajada marroquí de Sidi-Brisha, embarcaba éste en el crucero español Reina Regente en el puerto de Cádiz con destino Tánger. A punto de botarse en los astilleros gaditanos de Vea Murguía el nuevo crucero-acorazado Carlos V y, el Regente recibió orden de regresar de inmediato a la cabecera del Departamento para estar presente durante los solemnes actos propios de la ceremonia. El domingo día 10, a media tarde, largaba amarras el crucero y ponía rumbo a la Península. Entretanto El Gallo, rebasaba el Cabo San Vicente y se adentraba en el Golfo de Cádiz en medio de un temporal deshecho.

El tiempo había cargado peligrosamente en la jornada anterior y cuando el Regente quedó al través de la Punta Malabata, el Estrecho presentaba un aspecto realmente aterrador. Los chubascos negros y espesos avanzaba del sudoeste y se interponían como telones opacos sobre el horizonte. El Regente era un punto con los dos tiznes de humo negrísimo de sus chimeneas atizando y enseguida desapareció.

Lo que sucedió al Reina Regente, un crucero de 4.800 toneladas construido por W. Thompson en 1887, con cuatro cañones de 8 pulgadas y 21 nudos de marcha, es uno de los grandes enigmas de la historia de la mar y de los barcos. Jamás llegó a Cádiz y jamás se volvió a saber nada de él ni de su 415 hombres. Tan solo un barco francés, dice que en pleno temporal vió un gran buque en posición comprometida sobre el bajo de Las Aceiteras y al que no pudo prestar auxilio.

La derrota del Regente se cruzó precisamente, exactamente, con la de El Gallo que venía corriendo en popa-una notable especialidad maniobrera del capitán Abad- como un centella desde Sagres a Trafalgar, en una carrera loca de espumas. Pero no vieron al crucero. El barquín montañés de las setecientas toneladas recaló el Estrecho medio destrozado; un golpe de mar encapillado traidoramente por la aleta, le destrincó un tanque de agua dulce que, proyectado sobre la cubierta, alcanzó al piloto don Manuel Sánchez, "El Mulato", también vecino de Astillero- cuando efectuaba el revelo de guardia y lo rompió una pierna. Gonzalo Abad, que llevaba tres días sin comer ni dormir de pie en el puente, animaba en las arfadas a su pobre barco:

-!Gallo! levanta la cabeza, que tengo cinco hijas.

Entretanto el Reina Regente se pasaba de ojo entre dos mares y desaparecía como un plomo. Sin salvación. Al cabo de varios días de búsqueda infructuosa, sólo se hallaron algunos restos de sus botes y el armario de banderas del puente. El 25 de abril, en 109 brazas de agua al sudoeste de Punta Camarinal, entre Trafalgar y Tarifa, nuestro crucero Isla de Luzón rastreó un naufragio que fue posteriormente identificado como el casco de su infortunado compañero. No olvidó jamás el capitán Gonzalo Abad, el espanto de aquella noche del 10 al 11 de abril de 1895, en que fue el único e inconcebible testigo, sin él saberlo, de la tragedia del Reina Regente.

Poco tiempo le quedaba ya entonces de vida a El Gallo como tal buque tanque. En 1902 se amarró en Bilbao y, transformado en buque de carga seca, pasa a la Sociedad Minera Cántabro-Asturiana. El día mismo en que quedó atracado en la Ría, Abad se desembarcó y se vino a su casa- Había quemado la última etapa famosa de su vida de mar.

Poco después fue a Méjico y por influencia de su paisano y amigo montañés Adolfo Rodriguez Yllera, que era gerente de la Compañía Naviera del Pacifico, embarcó en la flota de Romano y Berreteaga, más tarde Compañía Mejicana de Navegación, cuyos buques eran conocidos como los "vapores del Golfo" y que estaban pilotados en su totalidad por marinos españoles. Con no pocos apuros tuvo Abad que revalidar en examen su título y así pudo navegar sus últimos años mandando el Tamaulipas. Era este barco una especie de correíllo de 1.022 toneladas, construido en 1901 en Dumbarton por Mac Millán & Sons; tenía máquina de triple, 230 pies de escolar y espacios para carga y pasaje, con una larga toldilla corrida. Hacia el cabotaje por todos los puntos del seno mejicano y el Caribe.

Aproximadamente el año 1913, Gonzalo Abad regresó a su patria, cuando era inminente la promulgación de una ley que exigía la nacionalidad mejicana de origen para ostentar el mando de buques mercantes de aquel país.

En Astillero concluyeron a poco sus días; no tuvo muchos años de retiro para tomar el sol en la bolera con sus amigos. Murió repentinamente, con el corazón roto, el 13 de enero de 1915 en casa, sentado en un sillón.

Fue el prototipo de los capitanes "tragamares" de vocación inquebrantable, ajeno a todo ringorrango social, con alma ingenua, valor portentoso, sexto sentido de la navegación, capitán mítico, dominador de temporales y popular como muy pocos en el Santander marinero de la segunda mitad del siglo, había nacido, muy probablemente en Cueto, el 8 de abril de 1856. Era un mocetón rubicundo y abigotado, con el pelo hirsuto y la mirada expresiva.

Había conseguido en 1876, el titulo para navegar después de sucesivos exámenes y en 1879, pasa a estrenar como capitán, la corbeta Ecuador, un hermosísimo barco que se construía en los astilleros vizcaínos de Aguinaga para el armador santanderino don Antonio Cabrero.

Se hizo famoso con el Ecuador, estando durante ochos años seguidos a su mando. Realizó con este barco las más rápidas travesías de Santander a La Habana.

El 1 de septiembre de 1883, el patache de Ribadeo nombrado Aurelia, entraba por la boca del este con el velacho y la trinquetilla, quedando fondeado a cuatro cables de la Punta de La Cerda, falto de virada, cuando ya el viento habiendo rolado al noroeste se desflecaba huracanado e impresionante en forma de chubascos trágicos y espesos. Rápidamente se personaron  a la península de la Magdalena los voluntarios de Salvamento de Náufragos, para intentar lanzar sirgas de socorro a la embarcación desde lo alto de la Punta. Entre ellos el capitán Abad, que acudió en auxilio en la inevitable catástrofe que se anunciaba a toque por toda la ciudad. El cañón bóxer funcionó y el cabo salvador pasó a manos de la aterrada tripulación del Aurelia, que abandonaba el buque en el bote de servicio, antes de que faltaran sus cadenas y se estrellara en Las Quebrantas. Seis hombres cobraban del cabo y la pequeña embarcación se atravesaba a los cáncamos grises que entraban como monstruos, Cuando ya se encontraban a pocos metros de las rocas del faro, una mar rota y altísima tumba la embarcación arrastrando al agua a sus tripulantes.

Y cuando medio Santander presencia desolado la tragedia, el capitán Gonzalo Abad, quitándose el calzado y la ropa de aguas, se lanza al agua y ante la sorpresa de todos, empieza nadar en aquel resalsero de espumas hacia el punto en donde la quilla del bote emerge del agua. El capitán Abad consigue con su extraordinario valor y fenomenal esfuerzo, salvar, con sus propios brazos, nada menos a tres hombres de los seis náufragos del Aurelia, regresando a la brasa por la barra del Juanón hasta el relativo remanso de las canteras de la Magdalena.

Aquel día don Gonzalo Abad, entró por la puerta grande en el santuario popular de los famosos santanderinos del siglo. No hay precedente ni repetición de locura semejante en los fastos de la historia trágica del puerto.

Estaba condecorado con la medalla británica de oro de Salvamento de Náufragos por haber saldo personalmente con un bote de su barco a la tripulación de otro inglés náufrago el 20 de febrero de 1883.

Así fue de sencilla y estupenda -toda humanidad y valor- la vida marinera del capital Abad, una de las figuras más populares en la flota santanderina fin de siglo. Un pionero admirable del tráfico del petróleo bajo la contraseña blanquirroja que desde el cielo verá como un sueño a los tanques de su matrícula con cien mil toneladas -cien veces el porte de su heroico GALLO- recorrer la ruta del petróleo que él estrenara hace más de ochenta años.










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